Hoy hemos escuchado La voz del Buda en la prédica Y estamos bailando de dicha: Por fin ya es nuestro lo que nunca antes habíamos tenido. El Buda declara que los que escuchan la voz Podrán manifestar la Budeidad. Este cúmulo de joyas insuperables Ha llegado a nosotros sin que lo buscáramos. "El capítulo ‘Creencia y comprensión’ consigna este júbilo de haber escuchado ‘una Ley que no habían conocido nunca antes’. (...) Los practicantes de los dos vehículos habían sucumbido a una especie de ‘muerte interior’. No sentían deseos de llegar a ser budas, pero, además, miraban con desdén a los que luchaban por lograr la Budeidad. Tomaban distancia de estas personas y se burlaban de ellas. Por eso los sutras del Mahayana dicen que los discípulos de los dos vehículos habían ‘quemado las semillas de su propia iluminación’. En otras palabras, eran semillas que no podían germinar como estado de Buda. Pero, en el plano más elemental, el Buda no abandona a los practicantes de los dos vehículos. Los amonesta y los alienta de este modo: ‘Escúchenme un poco... Así no lo van a lograr. Ustedes son mucho más que esto; pueden lograr un estado de vida mucho más elevado y lleno de felicidad’". (Takanori Endo y Daisaku Ikeda en La sabiduría del Sutra del Loto: Diálogo sobre la religión en el siglo XXI, Sección 11, fascículo 6, pp. 6-7) El título sánscrito del capítulo cuatro del Sutra del Loto es adhimukti, que, literalmente, significa "Inclinación o Propósito", es decir, dirigir la mente hacia algo concreto. Como es una dirección de la mente, se lo podría llamar también "Aspiración o Propósito". Es interesante notar también que la palabra adhimukti se puede traducir como "voluntad" o "intención", porque la Budeidad no es una condición estática. El verdadero estado de Buda implica una búsqueda interminable de la autosuperación, tal que la sabiduría alimenta la misericordia solidaria, y la misericordia fortalece la sabiduría. Es un proceso de búsqueda continua e ilimitada de la perfección. Las dos ruedas de esa voluntad de perfeccionamiento, que avanza en una eterna travesía, son la fe y la comprensión. Por otro lado, se cree que la palabra mukti se relaciona con moksha, liberación. En 406 Kumarajiva tradujo el título como "Creencia y Comprensión", interpretando más profundamente el Sutra de cómo lo había hecho su antecesor Dharmaraksha, quien en 286 había traducido "Creencia y Deleite". Los ideogramas correspondientes a la traducción de Kumarajiva suenan en japonés "shinge". "Comprensión" (ge) integra también el ideograma gedatsu, "liberación", en sentido de "iluminación". Es un estado de emancipación, de total libertad de todos los sufrimientos, un estado de sabiduría que sólo puede adquirirse por medio de la fe. Lo importante es que en las palabras "creencia y comprensión" se encuentran condensadas las cuestiones fundamentales del Budismo: la fe y la sabiduría, la fe y la liberación, es decir, la iluminación. La Budeidad, en su esencia, radica en la creencia y en la comprensión. "Kumarajiva [344-413] tradujo el espíritu innato de buscar constantemente la autosuperación como ‘creencia y comprensión’ (en japonés, shinge), que es el título del capítulo cuarto del Sutra del Loto. Para decirlo de un modo simple, ‘creencia y comprensión’ significa aceptar y comprender totalmente. Es importante que todos puedan aceptar y comprender la enseñanza para poder revelar el máximo potencial de su vida. Esta es la clase de fe que postula el Sutra del Loto; nada más lejos de la fe ciega y dogmática". (Daisaku Ikeda en La sabiduría del Sutra del Loto: Diálogo sobre la religión en el siglo XXI, Sección 11, fascículo 6, pp. 4-5) El capítulo "creencia y comprensión" consigna el júbilo de haber escuchado una Ley que no se había conocido nunca antes. Los practicantes de los dos vehículos habían sucumbido a una especie de "muerte interior". No tenían deseos de llegar a ser budas, pero, además, miraban con desdén a los que luchaban por lograr la budeidad. Tomaban distancia de estas personas y se burlaban de ellas. Por eso los sutras del Mahayana dicen que los discípulos de los dos vehículos habían quemado las semillas de la propia iluminación. En otras palabras, eran semillas que no podían germinar como estado de Buda. Pero, en el plano más elemental, el Buda no abandona a los practicantes de los dos vehículos. Los amonesta y los alienta diciéndoles: "Escúchenme... Así no lo van a lograr. Ustedes son mucho más que eso, pueden lograr un estado de vida mucho más elevado y lleno de felicidad". Todos poseemos esa joya sin precio que es la vida, eso, lo más preciado, "hay llegado a nuestras manos sin que estuviéramos buscándolo". Todo se reduce a un punto clave: si podemos reconocerlo o no. Las distorsiones de la sociedad actual tienen mucho que ver con una confusión entre la sabiduría, que es holística, y el conocimiento, que es fragmentado. Y también con la dificultad para distinguir la fe genuina de la credulidad ciega. Este capítulo hace uso de una parábola que pone de manifiesto la habilidad de un sabio padre para encauzar a su hijo extraviado, de vuelta a su nobleza innata y a su felicidad. En contraste con el "la parábola de los tres carruajes y la casa en llamas," que el Buda relató para clarificar su propia enseñanza, "la parábola del hombre adinerado y su hijo pobre" está relacionada con la creencia y comprensión de la enseñanza. En la mayoría de los sutras, sólo el Buda habla mientras los discípulos escuchan. Este intercambio de parábolas entre el maestro y los discípulos son un rasgo raro del Sutra del Loto, y sirve para probar su mensaje subyacente de que todas las personas pueden lograr la iluminación. Los cuatro grandes hombres del estado de aprendizaje relatan la parábola para dar cuenta la sabiduría que ellos habían logrado. Supongan, dicen ellos, que un joven separado de su padre adinerado vaga durante unos cincuenta años de un lugar a otro sumido en abyecta pobreza, tomando trabajos como obrero para sobrevivir. Mientras tanto, su padre se siente profundamente afligido porque se ve envejecer sin heredero a quien legar sus riquezas Un día en sus vagabundeos, el hijo pasa delante de la mansión de su padre. Este lo reconoce inmediatamente y se regocija al verlo de nuevo, pero el hijo no lo reconoce. Intimidado por la magnificencia de la propiedad con su inmensa riqueza y muchos sirvientes, piensa que él debería alejarse de allí. El hombre adinerado le envía entonces mensajeros para traerlo de nuevo, ante lo cual el hijo pobre asume que lo quieren arrestar y se lamente: "¿Por qué me hacen esto si no he cometido ninguna ofensa?". El hombre rico comprende que él no puede revelarse directamente a su hijo, y les dice a los mensajeros que lo suelten entonces y decide emplear un medio hábil. Despacha a dos sirvientes para ofrecerle trabajo al hijo pobre. Este acepta el humilde empleo en la mansión. Viéndolo satisfecho con esta tarea miserable, el padre se sorprende y siente piedad por él. Después de algún tiempo, el hombre adinerado se quita sus joyas y se viste con ropas humildes para acercarse a su hijo sin causarle temor. Alaba entonces su diligencia en el trabajo y le asegura que siempre tendrá un puesto allí, mientras le promete tratarlo como a un hijo. El hijo pobre está encantado con en este tratamiento amable, pero continúa considerándose a sí mismo como un humilde obrero. Durante veinte años, trabaja a limpiando el estiércol. Gradualmente va adquiriendo confianza en sí mismo. El hombre adinerado lo promueve entonces, haciéndolo administrador de su propiedad. El hijo pobre lleva las cuentas las riquezas de la casa pero durante mucho tiempo no despierta ninguna ambición propia, aferrándose todavía a sus humildes aspiraciones anteriores. Finalmente el hijo crece más seguro y llega a sentirse avergonzado de su infeliz condición anterior. En este momento, el padre nota que se acerca su propia muerte. Convoca a todos sus parientes, así como al rey, sus ministros, etc., y les informa que sirviente su realmente su verdadero hijo y heredero. Transfiere entonces su propiedad a su hijo quien se regocija exclamando, "Originalmente yo no tenía ninguna esperanza de recibir nada, pero ahora todos estos tesoros han llegado a mí por sí mismos". El padre rico representa a Shakyamuni y el hijo pobre a las personas de los dos vehículos. Tradicionalmente se había interpretado que la parábola se refería a la vida de prédica y de orientación que había seguido Shakyamuni. Los cincuenta años que el hijo vaga sin rumbo sugieren los cincuenta años de prédica de Shakyamuni, contados desde que logró la iluminación, a los treinta años, hasta que predicó el Sutra del Loto, poco antes de morir, a los ochenta. En la parábola, padre e hijo han pasado cincuenta años separados, pero el padre sabe reconocer a un hijo con un solo vistazo. El padre envía un vasallo para que le dé la bienvenida al hogar, pero el hijo escapa, despavorido. Entonces, el padre comprende que su hijo ha caído en un estado tan bajo, que no tiene sentido revelarle en ese momento quién es, de modo que lo deja ir y concibe un plan: Le ofrece trabajo en su casa, lo que el hijo acepta. De a poco se forja un lazo de confianza entre ambos, y el padre lo trata realmente como a un hijo, pero el hecho de que el hijo siga viviendo fuera de la casa paterna indica el estado de vida en que uno todavía considera la iluminación como algo que les sucede a los demás. El Buda ora por la felicidad de todos los seres, lucha por dar felicidad a cada una de las personas, es el padre de todos. Cuando tenemos convicción en este corazón del Buda, florece y se abre nuestra propia sabiduría. En la parábola, aunque el padre le da al hijo libres facultades para manejar su patrimonio, las riquezas siguen siendo propiedad del padre. El tesoro de la sabiduría del Buda todavía no era una posesión personal del hijo. Cuando por fin el hijo a adoptado una postura magnánima y segura de sí mismo, el padre revela su verdadero nombre y le transfiere todas sus riquezas. Del mismo modo, cuando la capacidad de la gente llegó a un buen nivel de desarrollo, el Buda pudo exponer el Sutra del Loto, su verdadera enseñanza, y conceder a sus discípulos la joya suprema de la Budeidad. "En principio, yo no tenía codicia ni afán alguno de todas estas cosas", piensa el hijo. "Pero ahora, todos estos tesoros vienen a parar a mí sin yo quererlo". El deseo de obtener la iluminación suprema, la búsqueda de la Budeidad, es, en sí mismo, la iluminación. Darse por satisfecho con los logros de uno podrá parecer una actitud humilde, pero subestimar el potencial de la propia vida es, en realidad, una gran arrogancia. Los practicantes de los dos vehículos se aferran a las enseñanzas inferiores del Hinayana y no tienen interés en las del Mahayana. Por esta actitud, Shakyamuni los reconviene. En este capítulo, los cuatro grandes hombres de Aprendizaje reflexionan: "En el pasado, cuando en presencia de los bodhisattvas él descalificó a los que escuchaban la voz por deleitarse en doctrinas inferiores, el Buda en verdad estaba empleando el Gran Vehículo para enseñarnos y convertirnos". En este fragmento, "Gran Vehículo" se refiere a la sola y única enseñanza del Mahayana verdadero, es decir, el Sutra del Loto. Los sutras expuestos de acuerdo con la condición subjetiva de los demás, estaban concebidos para adecuarse al estado de comprensión de las personas, lo cual equivale a decir que eran una exposición parcial y simplificada. Eran fáciles de comprender, era fácil creer en lo que decían... Pero el estado de Budeidad, que trasciende la facultad humana de la imaginación y del pensamiento, es difícil de comprender, tanto como lo es creer en él... Por eso surge la importancia de la fe, que es recalcada en el Sutra del Loto, enseñanza expuesta de acuerdo con la libre voluntad e intención del Buda. Según una cita de Nichiren Daishonin, el gran maestro Dengyo escribió: "El Sutra del Loto es lo más difícil de creer y lo más difícil de comprender, porque allí el Buda reveló, directamente y por su propia voluntad, lo que él había logrado". Incluso, la diferencia entre el estado de vida del Buda de Nam-myoho-rengue-kyo y el del Buda de la enseñanza teórica del Sutra del Loto es tan enorme como la que hay entre el cielo y la tierra. Tal como dice el sutra, sin tener que hacer el menor esfuerzo, "este cúmulo de joyas insuperables ha llegado hasta nosotros sin que lo buscáramos". Se nos da, en su totalidad, el beneficio de todos los budas a lo largo del pasado, presente y futuro. Aunque no hayamos realizado ninguna práctica en el pasado, por creer en el Gohonzon, nuestra vida pasa a estar dotada de muchas y muy diversas facultades. Y, por el principio de sustancialidad entre causa y efecto, ingresamos en el estado de Buda tal como somos, sin dejar de ser personas comunes. Desde el punto de vista del Budismo del Daishonin, estas facultades son atributos del estado de vida corporificado en el Gohonzon. Estos poderes se manifiestan desde el interior de nuestra vida cuando avanzamos en la fe. Pero no en una fe ciega, sino en una fe basada en criterios de prueba documental, prueba teórica y prueba real. El filósofo español José Ortega y Gasset (1883-1955) escribe: "Las ideas se tienen; en las creencias se está". Nuestros pensamientos están basados en las convicciones que nos sostienen. Las creencias son "el receptáculo" de la vida. Como nuestra conducta surge a posteriori de nuestras convicciones, no solemos tener conciencia expresa de ellas, no las pensamos, sino que actúan latentes, como implicaciones de cuanto expresamente hacemos o pensamos. La creencia es el cimiento de la vida y, por ese mismo motivo, realmente no tenemos alternativa, no tenemos la opción de creer o no creer. Sin embargo, si podemos escoger en qué depositar nuestras creencias. El problema es que, cuanto más plenamente vivimos dentro de nuestras creencias, menos conciencia tenemos de ellas. Y como es así, tenemos pocas posibilidades de considerar racionalmente la rectitud o incorrección de nuestras convicciones. Este "terreno" de las creencias puede compararse con la tierra. Generalmente no tenemos conciencia del suelo sobre el que vamos caminando y apoyando los pies. Pero cuando se produce un terremoto, de pronto lo advertimos patéticamente. Del mismo modo, uno nunca está tan consciente de sus creencias como cuando se derrumban. En el orden individual, esto sucede cuando nos hallamos en una situación límite que nos obliga a revisar la forma en que hemos vivido hasta ese momento. En el orden cultural, esto ocurre cuando una civilización llega a un punto de estancamiento y la sociedad cuestiona sus valores fundamentales. La razón siempre se basa en paradigmas –en formas de pensar y sistemas de valores- aceptados y sostenidos por las personas, entre las cuales, obviamente, se cuentan los científicos, y en las cuales la sociedad basa su vida. La razón se funda en las creencias. El Budismo enseña que la razón y el lenguaje deberían valorarse enormemente, aun reconociendo sus limitaciones. Si bien la iluminación del Buda puede ir más allá del plano de la razón, no es irracional ni opone resistencia al análisis intelectual. "Comprensión", dentro del título del capítulo cuarto de Sutra del Loto, significa "sabiduría". El Daishonin no se sometió dócilmente a las autoridades de su tiempo, él buscó por sí mismo, basado en las escrituras, e indagó para hallar pruebas que validaran sus creencias. Lo mismo puede decirse de su accionar durante el exilio en la isla de Sado. Sus seguidores y otras personas le preguntaban por qué el devoto del Sutra del Loto tenía que ser perseguido, y, en respuesta, escribe en "La apertura de los ojos": "Esta duda yace en la raíz del escrito que estoy redactando. Y porque es la preocupación más importante de mi vida entera, la plantearé una y otra vez aquí, e insistiré en ella más que nunca, antes de intentar darle una respuesta". El Daishonin postula la pregunta sin ambages; la analiza cuidadosamente y llega a la conclusión de que él es el Buda del Ultimo Día de la Ley. La fe del Daishonin agradece y recibe de buen grado las preguntas. A través de las preguntas, llega a respuestas de un nivel superior. En esta actitud, vemos que la fe del Daishonin siempre estaba abierta a las críticas intelectuales. Otro fragmento de "La apertura de los ojos" dice: "Por muchos obstáculos que encuentre en mi camino, mientras los sabios no demuestren que mis enseñanzas son falsas, ¡jamás aceptaré las prácticas de otras escuelas! Toda otra tribulación será como polvo en el viento". Hay dos palabras sánscritas que suelen traducirse como fe o creencia: sraddha y prasada. La raíz de la partícula –da- dentro de sraddha, es "depositar", de modo que sraddha sería "depositar nuestra fe" o "hacer surgir la fe". Esto corresponde al primer estadio de la práctica budista. En las antiguas escrituras hinduístas conocidas como los Vedas, anteriores a los escritos budistas, sraddha se emplea con la acepción de "poseer curiosidad sobre algo" o "ansiar". Se dice que la fuente del sentimiento religioso es el asombro. Sraddha abarca los significados de asombro y de ansiar ese objeto de asombro. Es un sentimiento de respetuosa veneración hacia algo que está más allá de la experiencia inmediata de uno. El que carece de esta clase de reverencia y vive gobernado por pasiones y deseos se llama icchantika, en los textos budistas. Es decir, quien no tiene fe en el Budismo ni aspira a la iluminación. La práctica budista comienza por despertar el sraddha. Luego, a medida que progresa la práctica, adquirimos la sabiduría que viene de experimentar eso que antes era inconcebible, y avanzamos hacia la iluminación y sus beneficios. En el Sutra Kegon se describe el sraddha como "el fundamento de la práctica" y la "madre de todos los beneficios". La "fe" es el sraddha, dentro del principio budista de ingresar en la Budeidad mediante la fe (Ishin tokunyu). Nichiren Daishonin escribe: "tener fe es la esencia del Budismo". También hay otro término budista para hablar de la fe: prasada. Prasada expresa pureza y claridad, como en la imagen de una voz de timbre luminoso o del agua cristalina y límpida. Se lo emplea para describir el purísimo estado de vida de alguien que despejó su confusión a través de escuchar las enseñanzas del Budismo. Se lo traduce al chino a través de dos ideogramas que significan "fe pura". Este estado de fe pura nos brinda una paz permanente, que no se perturba ante ninguna circunstancia, y abre en nosotros la conciencia de la dignidad y de la igualdad de todos los seres vivientes. La función correcta de la fe es limpiar la mente, la vida y el corazón, restituirles pureza. Sólo cuando uno tiene pureza de mente y de corazón, logra hacer surgir su sabiduría inherente. La fe purifica la razón, la fortalece, la eleva. La "fe pura" es, al mismo tiempo, razón rigurosamente puesta a prueba y también fe purificada y perfeccionada. Cuando escuchamos hablar por primera vez de las enseñanzas budistas, sentimos un maravilloso asombro respetuoso, y entonces surge en nosotros la "fe reverente" (sraddha). Así iniciamos nuestra práctica budista. Mediante el proceso de "creencia y comprensión" (adhimukti), cultivamos y perfeccionamos nuestra vida, y nos desarrollamos para lograr la conciencia de que todos los seres vivientes son iguales y que poseen dignidad sin excepción: he aquí la "fe pura", el prasada. La fe es el trampolín que nos permite acceder a la novena conciencia: Nam-Myoho-rengue-kyo. Como explica el Daichido Ron (Tratado sobre el Sutra de la Perfección de la Sabiduría) de Nagarjuna: "Uno entra en el mar del Budismo a través de la fe, y lo surca mediante la sabiduría". La práctica budista se inicia con la fe. Esto conduce a la adquisición de sabiduría; el poder de la sabiduría nos transporta a través del inmenso mar del Budismo, hacia la costa de la iluminación suprema. Este es el enfoque general de la filosofía budista. Pero el Sutra del Loto subraya que el logro de la iluminación se consigue a través de la fe, más que de la sabiduría. En verdad, en el Sutra se plantea una verdadera sustitución de la sabiduría por la fe, porque la sabiduría, que es sinónimo de Budeidad, es inherente a la fe. Nichiren Daishonin escribe: "Comprensión es otra forma de llamar a la sabiduría", y dice también: "No hay comprensión separada de la fe, y no hay fe divorciada de la comprensión". (Gosho Zenshu, p. 725). “Ahora sí somos auténticos discípulos. Que escuchan la voz, Pues adoptaremos la voz del Camino del Buda Y haremos que todos la escuchen.” La razón por la cual el Sutra del Loto recalca la fe o la creencia con tanto énfasis tiene que ver con su propósito fundamental: erradicar la ignorancia esencial de la vida; lo que el Budismo llama la "oscuridad fundamental", y hacer que todos los seres tomen conciencia de su "iluminación fundamental", la sabiduría que cada uno lleva intrínsecamente en su vida. Esta "iluminación primordial" también se denomina "naturaleza de Buda" o "estado de Budeidad". Pero esta iluminación fundamental existe en un nivel tan profundo de nuestro ser, que el intelecto o la razón no consiguen revelarla en su totalidad, en la medida en que estos operan en el plano más superficial de la vida. Dice el Sutra: "...Señor, nosotros representamos a los hijos del Tathagata y estamos oprimidos por tres dificultades, a saber: la dificultad del dolor, la dificultad de las concepciones y la dificultad de la transición". Transición o evolución se refiere al paso del estado de ignorancia al del conocimiento. Es muy común en el Budismo asemejar estos dos estados a las costas de un río, y a la Doctrina como la balsa necesaria para atravesarlo. El concepto de paramita, otra orilla, implica esta transición. Por otra parte el logro (prápti, alcanzar; labdhi, conseguir) implica ser consciente del apego a una comprensión que resulta de razonamientos relativos. Nichiren Daishonin escribe: "La fe es una espada afilada que corta la oscuridad fundamental de la vida". (Gosho Zenshu, p. 725). La fe abre; la duda cierra. Cuando nos abrimos a la Ley Mística, la Ley Mística se abre para nosotros. Esto quiso decir Nichikan Shonin cuando expresó: "La fe poderosa en el Sutra del Loto es, en sí misma, la Budeidad".